La soledad del héroe
¡Damas y viñeteros!
La soledad, aparte de ser una infumable película de un tal Jaime Geranios (a algo así), es también un sentimiento harto frecuente hoy en día. En nuestra sociedad altamente urbanizada, vivimos rodeados de millones de personas pero aún así nos sentimos solos a menudo. La soledad aparece a veces incluso cuando está con alguien, ya que se trata de algo mucho más profundo que el mero hecho de estar físicamente solo; es algo que te cala hasta los huesos y te hace sentir cual colilla sin barrer. Así de jodida es la soledad.
Solos están los parias de la tierra, los vagabundos, los que nunca han recibido el apoyo, la comprensión ni el afecto de nadie. Solos están aquellos que escalan demasiado alto, y a los que el poder vuelve majaretas, ya que, habiendo escalado sobre los hombros de gigantes, no encuentran nada más allá del último peldaño de la escalera del éxito. Incluso aquellos que se han sabido rodear de personas que les aman y les aprecian se sienten a veces como si tuvieran un vacío alrededor, que ni todos los abrazos Flanders del mundo pudiera llenar. La soledad es parte esencial de la existencia humana, todos la hemos sentido y todos la vamos a vivir hasta la muerte, cuando nos metan el hoyo (solos también).
¿A qué viene un post tan alegre, os preguntaréis? Bueno, pues viene al punto de una parte más de la serie de reflexiones sobre la creación de personajes de cómic que vengo haciendo últimamente. La soledad es una parte esencial en la creación de un protagonista. El héroe del cómic es solitario por antonomasia, ya que carga sobre sus hombros con la responsabilidad de llevar adelante la historia, y si estuviera excesivamente apoyado por otros personajes su protagonismo se diluiría, sí, como lágrimas en la lluvia. Los héroes, aún cuando tienen excelentes sidequicks (o ayudantes) en su camino, deben afrontar su lucha solos. Fijaos en cualquier cómic. Aunque el héroe y sus amigos peleen juntos contra hordas de enemigos, al final el protagonista siempre luchará solo contra el malo final. Siempre es el protagonista, en su soledad, quien encuentra el tesoro, aunque haya sido ayudado por pistas o por secundarios; siempre es el héroe solitario el que cabalga hacia el sol poniente cantando una canción, el que se retira con su espada después de haber salvado un pueblo del mal y el que, al final, renuncia a los tesoros que se le ofrecen para vivir otras emocionantes aventuras.
Naturalmente hay excepciones como en todo. En los cómics de reparto coral, el protagonismo recae por igual en una miríada de personajes igualmente importantes. O también hay cómics, como el excelentísimo Planetes, que no tienen un protagonista humano definido, sino que están protagonizados por un concepto (en este caso, el espacio). Así lo hacía Shakespeare en muchas de sus obras. Así de fascinante es el mundo del cómic. Y así se lo he contado.
Me despido de ustedes, y hasta más ver.
¡Vivan las viñetas!
PD Todo esto venía, a parte, a cuento de que, una vez más, Llassans está out, off line y cuantos anglicismos se les ocurran. Vamos, que no está disponible, y yo cada vez me siento más solo en este blog tan grande y frío. ¡Llassans, cachomamón, zopenco de las pelotas! ¡Deja de ligar con filipinos y ponte las pilas, leñe!
La soledad, aparte de ser una infumable película de un tal Jaime Geranios (a algo así), es también un sentimiento harto frecuente hoy en día. En nuestra sociedad altamente urbanizada, vivimos rodeados de millones de personas pero aún así nos sentimos solos a menudo. La soledad aparece a veces incluso cuando está con alguien, ya que se trata de algo mucho más profundo que el mero hecho de estar físicamente solo; es algo que te cala hasta los huesos y te hace sentir cual colilla sin barrer. Así de jodida es la soledad.
Solos están los parias de la tierra, los vagabundos, los que nunca han recibido el apoyo, la comprensión ni el afecto de nadie. Solos están aquellos que escalan demasiado alto, y a los que el poder vuelve majaretas, ya que, habiendo escalado sobre los hombros de gigantes, no encuentran nada más allá del último peldaño de la escalera del éxito. Incluso aquellos que se han sabido rodear de personas que les aman y les aprecian se sienten a veces como si tuvieran un vacío alrededor, que ni todos los abrazos Flanders del mundo pudiera llenar. La soledad es parte esencial de la existencia humana, todos la hemos sentido y todos la vamos a vivir hasta la muerte, cuando nos metan el hoyo (solos también).
¿A qué viene un post tan alegre, os preguntaréis? Bueno, pues viene al punto de una parte más de la serie de reflexiones sobre la creación de personajes de cómic que vengo haciendo últimamente. La soledad es una parte esencial en la creación de un protagonista. El héroe del cómic es solitario por antonomasia, ya que carga sobre sus hombros con la responsabilidad de llevar adelante la historia, y si estuviera excesivamente apoyado por otros personajes su protagonismo se diluiría, sí, como lágrimas en la lluvia. Los héroes, aún cuando tienen excelentes sidequicks (o ayudantes) en su camino, deben afrontar su lucha solos. Fijaos en cualquier cómic. Aunque el héroe y sus amigos peleen juntos contra hordas de enemigos, al final el protagonista siempre luchará solo contra el malo final. Siempre es el protagonista, en su soledad, quien encuentra el tesoro, aunque haya sido ayudado por pistas o por secundarios; siempre es el héroe solitario el que cabalga hacia el sol poniente cantando una canción, el que se retira con su espada después de haber salvado un pueblo del mal y el que, al final, renuncia a los tesoros que se le ofrecen para vivir otras emocionantes aventuras.
Naturalmente hay excepciones como en todo. En los cómics de reparto coral, el protagonismo recae por igual en una miríada de personajes igualmente importantes. O también hay cómics, como el excelentísimo Planetes, que no tienen un protagonista humano definido, sino que están protagonizados por un concepto (en este caso, el espacio). Así lo hacía Shakespeare en muchas de sus obras. Así de fascinante es el mundo del cómic. Y así se lo he contado.
Me despido de ustedes, y hasta más ver.
¡Vivan las viñetas!
PD Todo esto venía, a parte, a cuento de que, una vez más, Llassans está out, off line y cuantos anglicismos se les ocurran. Vamos, que no está disponible, y yo cada vez me siento más solo en este blog tan grande y frío. ¡Llassans, cachomamón, zopenco de las pelotas! ¡Deja de ligar con filipinos y ponte las pilas, leñe!
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